Moriscos, el linaje perdido

Carena Editors, 2013

Se giró y entró en la casa. No se volvió para decirle adiós ni para mirarlo, y Martí se quedó para siempre con la imagen de su trenza golpeando el vestido de algodón gris y los pies delicados dejando huellas leves en el polvo. Permaneció allí mucho tiempo, mirando la pared agrietada por el calor y las lagartijas que subían y bajaban hasta las malvas que crecían en su base. Luego, obedeciendo a un extraño impulso, comenzó a caminar en dirección al río, lo cruzó y siguió andando en dirección a la montaña hasta que llegó a las primeras elevaciones del terreno.

Se sentó en una loma cubierta de rastrojo desde la que se contemplaban el pueblo, las tejas encarnadas de las casas, las verdes tornasoladas de la pequeña cúpula de la iglesia, los naranjos oscuros en los patios y en la plaza y mucho más allá, en el horizonte invisible, una línea de color indefinido tras la que se encontraba el mar.

Permaneció muchas horas quieto, tan dolorido que no podía pensar en nada concreto. Esto debe de ser la desgracia, se dijo en cierto momento, recordando conversaciones de los mayores, y esto el sufrimiento. Y tuvo la certeza de que aquel dolor ya no lo abandonaría nunca. La tarde había avanzado mucho cuando notó el olor a tormenta. A su espalda, por encima de los montes, encaramándose unas sobre otras, se aproximaban unas nubes plomizas, llenas como gigantescas botas de vino. Se levantó un poco de viento. Los restos de paja atraparon el leve aroma de humedad y ozono que venía del oeste. Todo cuanto lo rodeaba pareció ponerse en movimiento y murmurar. Susurraban los álamos en la vega del Serpis y los hierbajos secos al borde del camino. Volaron las agujas de los pinos en la falda del monte, se erizaron los cardos y la tierra seca se arremolinó levantando fumarolas. Y de pronto, cuando todo parecía caminar cantando, se hizo un silencio absoluto, la mudez más completa que Martí había notado jamás. El mundo entero se inmovilizó. Las nubes negras, que habían corrido hasta situarse sobre su cabeza, se detuvieron allí. Un rayo de sol se paró sobre los tejados de la aldea y los transformó en  piedras rojas. El verde los naranjos de convirtió en púrpura. Durante un minuto, un larguísimo minuto, el universo contuvo el aliento. Martí también. Luego se escuchó un trueno, hondo, lento, prolongado. Y comenzó la lluvia.

 

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