La Gomera y el arrebato

Cuadernos del
Laberinto, 2013

Al fin, un día del mes de octubre tomé el barco que hace el trayecto entre Valle Gran Rey y los Órganos. Era una mañana azul, sólo azul. Nada se movía en el mar. Embarcamos con un cierto espíritu de aventura. Hasta ese momento, yo sólo conocía el tramo de costa de La Gomera entre San Sebastián y Valle Gran Rey. Nunca había visto los acantilados como los contemplaba ahora, con el viento en el rostro y sin nada que se interpusiera entre las paredes de piedra y yo. El viaje fue un espectáculo a través de la creación del mundo.

Primero bordeando el oeste, pasando ante acantilados oscuros y estrechas playas de acceso inimaginable. Llegamos frente a los Riscos de Heredia cuando el sol aún no había alcanzado el mediodía y sus rayos, oblicuos sobre los picos, disolvían las paredes de roca en líneas alternas doradas y negras de perfecta simetría. Cerca de las rompientes, el agua también era opaca, casi tan mineral como las piedras que la ensombrecían, mientras que unos metros más cerca de nosotros, brillaba como si estuviese construida por millares de espejos. Un poco más allá, sobrepasado Taguluche, unas nubes espesas se cernieron sobre los riscos, ennegreciendo aún más las paredes. Me pareció entonces que el barco, navegando bajo una luz muy limpia, era extraordinariamente frágil –tanto como lo era en realidad aunque yo no lo hubiese advertido-, y me sentí casi prisionera entre el abismo bajo el casco de la nave y la inaccesibilidad de la costa. Me preguntaba desde qué profundidad de espacio y tiempo ascendían aquellos promontorios. La respuesta, aunque sólo imaginada, hacía que me percibiera a mí misma pequeña, mínima, pero al mismo tiempo distinguida por la fortuna de encontrarme allí y en ese momento preciso. Sí, era feliz.

Al llegar a la Punta del Peligro, donde se alcanza el norte de la isla, el clima cambió de forma radical. Soplaba viento del noreste y el mar, hasta entonces tranquilo, se alzaba en olas que zarandeaban la embarcación y salpicaban a quienes viajábamos en ella. El barco cabeceaba con fuerza y yo no pude sustraerme a la tentación de colocarme en el extremo de la proa, agarrada al mástil de la bandera que allí ondeaba. Es verdad que me empapé, pero desde esa posición pude contemplar a mi manera Órganos cuando llegamos a ellos. Primero vimos las dos puntas del roque, que yo ya conocía desde arriba, alzándose sobre el agua y sugiriendo profundidades incalculables. Luego, pudimos observar de cerca la cara septentrional. Pasamos a muy poca distancia de la roca, bajo los altísimos e innumerables tubos de piedra blanca y gris, subiendo y bajando contra el cielo nublado al mismo ritmo que las olas sobre las que danzaba el barco. Sólo se escuchaba el ruido del agua chocando contra el acantilado, pero había otra música claramente perceptible: la del tiempo, mordiendo, rasgando, horadando, tallando, destruyendo, creando.

 

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