Pedro Hilario Silva

Los Viajes Inútiles
Revista Digital LETRA15, nº 23 (2015).

El viaje ha sido y es uno de los grandes tópicos literarios: como aventura, como evasión, como metáfora o como experiencia de conocimiento, desde aquel primigenio retorno a Ítaca, el viaje se ha convertido, además de fuente de historias, en un símbolo de la propia existencia humana. En esta última línea, aunque bebiendo de las anteriores, hemos de entender el texto de Monserrat Cano. Viajera impenitente y apasionada, ha hecho de Los viajes inútiles una especie de autobiografía emocional en la que el viaje se convierte en una excusa para hacernos partícipes de una forma de ver y sentir el mundo.

la existencia hecha paisaje, el mundo convertido en mirada…

un recorrido vital en el que se mezclan, como se señala en la contraportada, geografías, espacio, monumentos, caminos, sonrisas y algún que otro suspiro.

 

Walter Benjamin decía que toda experiencia debe concebirse como el don de percibir o la capacidad de producir semejanza, por eso cada recuerdo lo vinculamos inicialmente a cierta facultad mimética. Sin duda, cada acto de memoria actualiza el lugar o la persona recordada con la única pretensión de reproducirlo, de presenciarlo de nuevo. En este caso, la información obtenida puede ser mucha, pero igualmente puede no ir más allá del mero intento reproductor; de un acto por el cual el sujeto no se transforma, no cambia a partir de lo vivido. En otras ocasiones, sin embargo, lo acontecido, sea la experiencia de un viaje o la lectura de un libro, nos afecta y, como señala el propio Benjamín, provoca que tras ello ya no podamos ser los mismos. En estos casos, el viaje, como acto de experiencia, supone no solo conocimiento, sino también transformación. El libro de Montserrat Cano es un claro ejemplo de esto último: los instantes recuperados lo son en tanto hacen del sujeto que los ha vivido un nuevo sujeto; es decir, un sujeto que, de algún modo, se transforma a partir de lo experimentado. Ciertamente esta transformación, puede producirse de modo muy diverso, incluso, como sucede en el libro que comentamos, la expresión de la memoria puede sentirse como la demostración de la inutilidad de lo vivido. El juego de tiempos verbales: pretérito simple y condicional con los que se construye la cita inicial es significativo en este sentido:

Siempre pensé que cuando viese el mundo, comprendería.

El viaje, iniciado como particular acto de compresión, al final enseña que ese deseo no es posible, al menos en la dimensión esperada. Pero ello también es un aprendizaje transformador.

AGRA

El viajero puede llevarse en el recuerdo la exquisitez del Taj Mahal o el hedor del arroyo fecal en que se lavan mil personas. Las dos cosas son reales. Afortunados los que poseen el talento de ignorar la miseria o sublimarla, los que pueden no ver la iniquidad clareando tras la seda, los que tienen fe en las palabras, las bendiciones y las flores, los que confunden la humillación con la alegría. De ellos serán las fotografías primorosas. Por otro lado, como en cualquier escritura autobiográfica, la vivencia, en el inevitable acto de modelación que implica toda memoria, termina, como señala en el prólogo José Manuel Lucía «por confundir los límites entre la realidad y el deseo», y así, las visiones surgidas de los momentos recuperados, esas fotografías emocionales del pasado, se convierten sobre todo en experiencias de pensamiento, en un motivo para la reflexión y la transformación personal.

LA GOMERA

A veces, todo en mí es una isla. Es tan largo entonces el camino hasta el mar, tan difícil recordar que la vida resiste allí, en la profundidades.

El libro reseñado es un magnífico ejemplo del modo en que cada recuerdo viajero comporta siempre un particular encuentro con el yo actual que lo rememora. Cada estampa ofrecida en el libro es un acto por el cual el hiato entre vida y pensamiento se achica, se reduce hasta el punto de que cada recuerdo acaba convirtiéndose en una excusa para repensar, no solo una realidad vivida, siempre huidiza, que al final como nos dice la autora en uno de sus textos: es menos que memoria, apenas visiones de lugares que tal vez nunca fueron, sino, sobre todo, el modo en el que cada hecho recordado se traduce experiencia que acaba modulándonos.

Intenso libro, Los viajes inútiles está lleno de hallazgos literarios y reflexiones inquietantes que nos hace mirar de nuevo, repensar nuestros propios recuerdos, al tiempo que se nos ofrece lo viajado como un intenso atlas emocional, quizá porque las emociones son los recuerdos que permanecen más vívidos al final de cada recorrido.

Al final, cada visión extraída del viaje se nos ofrece, aunque surja de esa libreta compañera que funciona a la manera de espejo stendhaliano, tamizada siempre por el pensamiento, o mejor dicho, por la reconstrucción lingüística, porque sin duda el libro es un hermoso ejemplo del modo en que la experiencia recuperada es, ante todo, lenguaje.

PETRA

Esta ciudad solo es visible desde dentro y no existe objetivo que la enfoque completa. Justamente aquí, donde parece demostrarse que el ser humano puede inventarlo todo, el ojo es la única máquina capaz de ver el absoluto.

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